UN FIN DE SEMANA POR LA RÍA
A finales de agosto, creo que fue un sábado por la mañana, un amigo y yo salimos en piragua por la Ría de Arousa. En una parada de tantas, nos alcanzó Pepe Moure, que se dirigía hacia la isla de Rúa; aparte del saludo convencional, me dijo que el fin de semana del nueve y diez de septiembre había una ruta por la Ría de Arousa: “iremos hasta O Grove, A Toxa, montaremos el campamento en la Illa de Arousa y al día siguiente ya veremos”. La idea de acampar en la isla que lleva el nombre de nuestra ría me gustó desde el principio. “Si quieres venir, llámame”, añadió. Aunque yo ya sabía con anterioridad que esa travesía estaba organizada, el día siete de septiembre de 2006, jueves, lo telefoneé: “Pepe, soy Andrés, te llamo para decirte que cuentes conmigo; ¿a qué hora salimos?”

El viernes día ocho por la noche, dejé mi piragua completamente equipada para
no tener que entretenerme el sábado por la mañana ultimando detalles, de tal
forma que, al despertarme, pudiera desayunar, ver la previsión meteorológica
para el fin de semana y marcharme. De hecho, así lo hice, salvando un breve
matiz: ese día estaba completamente encapotado, la niebla no te permitía ver a
más de cincuenta metros, así que, ante la duda de si salíamos o no en el intervalo
previsto (entre las diez y diez y media), me acerqué en coche hasta la nave del
club de piragüismo, donde ya estaban muchos de los piragüistas. En este momento
eran las diez de la mañana, y allí me dijo Varela (algunos sabéis de quien
estoy hablando) que salíamos de todos modos. Entonces, me fui a mi casa, monté
mi piragua en el carro de kayak y la bajé hasta la playa de Punta Salera, desde
donde me dirigí hacia nuestro punto de salida: la rampa de

Al llegar, estuve dando vueltas con la piragua y sacando fotos durante más de
una hora, entreteniéndome, pues era el único que estaba listo para partir.
Sobre la rampa, movimiento y más movimiento, de piraguas, sacos estancos,
tiendas de campaña que entran en los tambuchos, fundas de móviles, camisetas
térmicas, chalecos, cada uno estaba a lo suyo y a lo de los demás, ayudándose
unos a otros. Eso era, al menos, lo que se veía desde fuera. Y pensé para mí: “¡Ay!
Andresito, tú siempre precipitándote”. Finalmente,
partimos entre las once y media y las doce menos cuarto de la mañana. En ese
momento, la niebla había empezado ya a levantarse. Nos juntamos un total de 20
piraguas que enfilaban sus proas hacia el interior de la Ría de Arousa.
En el tiempo de espera hablas con todos un poco, de diversos temas; pero la primera conversación larga y continuada que tuve fue con Juan (el de Finisterre), todo un aventurero y explorador en primera línea, un tío con las ideas muy claras acerca de aquello que le relaja y satisface en lo que compete a sus quehaceres extralaborales: le encanta la naturaleza, adora las artes marciales y no descarta tampoco la mitología del tipo que sea. Este “Guerrero del Arco Iris”, pues así se llama su piragua, apasionado del chocolate Lindt y las galletas El Príncipe, fue tal vez la persona con la que más tiempo compartí en esta travesía.

Cuando nos adentramos en la Ría dirección hacia O Grove,
teníamos que procurar no perdernos de vista, ya que la niebla era todavía muy
espesa y reducía sobremanera la visibilidad. En este trayecto, hicimos escala
en los Gidoiros. Éste es el nombre que reciben dos
islitas pequeñas situadas en el centro de la ría, entre la Illa
de Arousa y la de Rúa, más próximas a aquélla que a
ésta. Cada una de estas dos islas tiene su propio nombre, en consonancia con su
aspecto: la que está situada más al sur es roca en casi su totalidad, excepto
una pequeña porción de arena que desaparece cuando la marea está subida; ésta
recibe el nombre de Pedregoso. La otra es un arenal con poca roca llamada Areoso. Pues bien, en ésta haríamos la primera parada tras
unas dos horas de paleo entre la niebla. Los piragüistas aprovechamos para
comer un poco, disfrutar de la sensación que causa llegar en piragua a un sitio
como ese y de los compañeros de travesía. En los Gidoiros
las aguas son cristalinas, el fondo puede verse con total claridad, pues hay
poco calado en las proximidades a las dos islas. Es un lugar ideal para
acercarse con la piragua una tarde de verano y pasar la noche a la intemperie,
contemplando las estrellas, tan solo con un saco de dormir. La parada en el Areoso duró unos cuarenta minutos.

Pasado este tiempo, nuestra travesía continuó en dirección a O Grove. En este momento la bruma ya había desaparecido sin
que apenas nos diéramos cuenta. Aproximadamente, transcurrió una hora y media
desde que salimos de Areoso hasta que llegamos a la
playa de O Grove en la que comimos. Los últimos lo
haríamos sobre las tres y cuarto de la tarde. En esta playa estuvimos alrededor
de dos horas que transcurrieron entre comida, risas y chapuzones.
Las condiciones meteorológicas fueron favorables en casi toda la travesía, aunque el mejor día lo tuvimos el sábado: el sol brilló hasta que se puso y en la noche nos acompañó una preciosa luna que no pasó desapercibida mientras cenábamos.

Cuando Pepe Moure, don Guillermo, Varela, Jorge
Gómez, entre otros, llegaron del bar al que habían ido tras la comida para
tomarse un helado o un café, levantamos el “restaurante” y de nuevo embarcamos,
esta vez dirección norte hacia A Toxa. Tras pasar el
puente que une esta isla con la península de O Grove,
y a medida que la íbamos bordeando con nuestras piraguas, fuimos el centro de
atención de bañistas, huéspedes del hotel y curiosos que paseaban por el paseo
marítimo de esta isla. Desde aquí pusimos rumbo hacia la Illa
de Arousa. Al salir del resguardo que forman A Toxa y O Grove, el viento soplaba
de costado y la travesía se hizo bastante incómoda. Cada uno hacía lo que podía;
a mí, concretamente, no me quedó más remedio que observar con resignación cómo
los compañeros con los que iba, Varela y Juan, me iban dejando atrás, dado que
la piragua Murano que ambos llevaban, fuerzas aparte,
era más rápida que mi Sea Lion. Por lo tanto,
continué la travesía a un ritmo adecuado que me permitiera llegar lo antes
posible, dentro de mis límites físicos, ya que si fuerzas el ritmo de palada para
intentar seguir a una persona que lleva un ritmo más fuerte que el tuyo y te
desgastas, el trayecto recorrido se desanda con facilidad y luego el esfuerzo
para recuperar lo perdido es mucho mayor. Teniendo esto en cuenta, decidí
mantener mi propio ritmo de paleo, de tal forma que pudiera llegar al final del
trayecto con reservas. Fueron un total de doce kilómetros, más o menos, que
llevó un tiempo aproximado comprendido entre la hora y media y las dos horas
desde que dejamos A Toxa hasta que montamos el
campamento, sobre las ocho de la noche, en un pequeño bosque situado detrás de
una de las playas de la Illa de Arousa.
Ahora el mar estaba como un plato, porque, de nuevo, la propia isla nos
cobijaba del viento; además al anochecer y al amanecer, éste suele ofrecer una
tregua.

Desde que abandonamos A Toxa, en mi mente sólo había
dos palabras: “comida” y “cena”. Estaba deseando levantarme de mi asiento,
cambiarme de ropa y cenar la pasta prefabricada que compré el día anterior.
“Cuando llegue voy a zapatear mi piragua, sacar el hornillo y calentar la
pasta”, pensaba para mí. Sin embargo, al final ni saqué el hornillo ni calenté
la pasta, dado que se comentó algo acerca de ir a cenar pulpo a una casa de
comidas cerca del puerto; por lo tanto, si debía decidir entre una pasta
prefabricada y un pulpito de la ría… esta segunda opción era, desde mi punto de
vista, la más obvia, así que decidí tomar el pulpo. Diez de los veinte que
éramos abandonamos el campamento y acabamos sentados en la terraza de la
pulpería. Allí no hubo lugar para el aburrimiento en ningún momento; en medio
de Willy (don Guillermo) y Varela, la carcajada
estaba asegurada. Fue una cena para recordar, aunque desde aquí pido disculpas
por no poder dejar constancia de las tres (o más) fuentes enormes de pulpo con
patatas que nos comimos entre los diez. Cuando terminamos la cena, aún sentados
en la terraza de la pulpería, charlando y contando anécdotas, saqué la cámara
de fotos para ver todas las que había sacado ese día. Cuando Willy me vio sacar la cámara, sus palabras fueron
contundentes: “¡Ostia! Tú traes la cámara y no le sacas una foto al pulpito,
hay que joderse”. No me quedó más remedio que callar y disculparme: “Pues sí,
macho, tienes toda la puñetera razón”, le contesté; la verdad es que no se me
había ocurrido, y, en ese momento, las fuentes ya estaban vacías. Desde allí, pudimos
contemplar cómo la luna llena iba ascendiendo por detrás de las casas; fue una
noche fantástica.

Cuando regresamos al campamento, Juan, Juantxo y yo nos
pusimos a hablar, de diferentes temas: el kayak de mar, la naturaleza, la
maravillosa noche que hacía, etc. Al rato, Juan se fue a dormir y los dos
restantes continuamos la charla, hasta que una voz potente y “semienfadada” resonó sobre las nuestras: “¡Chssssssss! ¡Calade, ostia! que
non sodes vós os únicos que
estades aquí, os outros
queremos durmir” En ese momento pensé que había sido
Juan, pero al instante me di cuenta: ésa era la voz de Humberto (o al menos eso
creo). Seguro que más de uno/a le agradeció que nos hubiera dicho eso, la
verdad es que estábamos hablando demasiado alto. Así que asentí lo que Humberto
nos había dicho, con lo cual, le di las buenas noches a Juantxo
(foto) y me metí dentro de la tienda de campaña. Eran cerca de las dos de la
madrugada.
Al día siguiente, me desperté, como suele ser habitual en mí, unos minutos antes de las siete, pero volví a quedarme dormido hasta las ocho y media. Lo primero que hice nada más levantarme fue recoger la tienda de campaña y dejar todo preparado para zarpar. Cuando ya tuve todo recogido, desayuné con calma y charlé un poco con Juan, Pachele, Willy y otros compañeros. Sobre las once de la mañana teníamos las piraguas en el mar y poníamos rumbo hacia Cabo de Cruz.
Comencé esta travesía al lado de Juantxo, hasta que llegamos a una baliza en la que nos detuvimos todos para decidir el rumbo definitivo. Tras reanudar la ruta, fui charlando con Juan y con Willy.

Llegamos a la playa de Mañóns, en Cabo de Cruz, antes
de las dos de la tarde. En una casa de comidas que hay allí, cuya especialidad
son los mejillones, se deleitaron la mayoría de los del grupo. Juan y yo nos
sentamos en un bosquecillo que había allí cerca, para terminar la comida que
habíamos llevado (yo por lo menos). Cerca de nosotros se encontraban también
los de Muros: Humberto, María (su mujer) y dos chicos más que venían con ellos.
Pepe Moure me dijo, antes de desembarcar en Cabo de Cruz, que los mejillones que se comían en aquel sitio eran los mejores de la Ría; bien es cierto que no hice acto de presencia en la comida, pero quisiera transmitirle desde aquí que sus palabras no han caído en saco roto, las tengo en cuenta. Así que tengo pensado ir en cuanto pueda y podré corroborar lo dicho al respecto.

Alrededor de dos horas estuvimos parados en esta playa; algunos incluso
tuvieron tiempo para tomar un poco el sol. Sobre las tres y cuarto de la tarde desatamos
las piraguas de la boya a la que estaban sujetas y partimos dirección hacia
Puebla del Caramiñal. El viento soplaba del sur y
nosotros íbamos rumbo sureste, por lo tanto nos daba de costado. Al igual que
en el día anterior, cada uno iba al ritmo que sus fuerzas le permitían. Entre
las cinco y seis menos cuarto de la tarde, fuimos llegando todos a la rampa de
Mientras me alejaba de la rampa, empecé a valorar todo lo positivo de esta travesía y a pensar en un principio para mi crónica, en un título e incluso en un final. Pues bien, al igual que la ruta, mis letras también tocan ya su fin. Espero no haber aburrido a los lectores y confío en haber sabido transmitirles toda la ilusión que he depositado en este relato, con la esperanza de que hayan disfrutado de su lectura tanto como yo lo hice de su redacción. Gracias a todos y espero que volvamos a vernos muy pronto.

Andrés Parada Pereira