¿QUÉ TAL SI NOS VAMOS A SÁLVORA?

 

            Todo sucedió el 25 de septiembre de 2004. El club de piragüismo de nuestro pueblo, Puebla del Caramiñal, situado, dentro de la comarca del Barbanza, en la zona norte de la ría de Arosa, a unos 50 Km de Santiago de Compostela, organizó una ruta a la isla de Sálvora. El principal objetivo de la organización era hacer escala en la isla de Vionta para cumplir con algo que nos afecta a todos (piragüistas o no): recoger los residuos que otros han dejado en la mencionada isla y, así, dejar patente el espíritu ecológico y amor por la naturaleza que late en todos los amantes del piragüismo. Luego iríamos a la isla de Sálvora y pasaríamos allí la noche. Al día siguiente, vuelta a casa, mejillonada, y más eventos.

Mi amigo Pepe y yo esperábamos impacientes la llegada de nuestro deseado 25 de septiembre, pero ese día amaneció con fuertes vientos del norte que nos impidieron, finalmente, alcanzar nuestra cima, nuestra ilusión: pasar la noche en Sálvora. Salvamento no nos permitió llegar y todo el grupo tuvo que conformarse con ir costeando hasta una playa perteneciente a la localidad de Aguiño (municipio de Riveira) y luego hasta Vionta. Desde esta isla partimos de vuelta a casa ese mismo día, dejando a nuestras espaldas ese peñasco llamado Sálvora y viendo volcadas nuestras ilusiones de hacer acampada allí. Desde entonces, el deseo de emprender una ruta hacia esa isla se ha ido agudizando cada vez más, y en julio del presente año, nos decidimos a emprender el ansiado viaje.

Comida necesaria, sacos estancos, brújula, cartas, bomba de achique, pala de repuesto, tienda de campaña, saco de dormir, ropa seca, linternas, prismáticos… todo fue a parar a los tambuchos de nuestros kayaks de mar. Emprendemos la ruta partiendo de la playa de Punta Salera, situada en la zona de San Lázaro de Puebla del Caramiñal. Son las diez y media de la mañana. En nuestra travesía hacemos escala en la llamada Isla Rúa, un pequeño islote pedregoso, que adquiere un aspecto misterioso en cuanto vas divisando por proa, tras la niebla que te rodea, su temerosa imagen. Aquí decidimos hacer nuestra primera parada; son, aproximadamente, las once y media de la mañana. Nuestro ritmo es lento y tranquilo, muy tranquilo. Aprovechamos para descansar y contemplar, no sólo la tremenda belleza de la isla, sino también la deslumbrante imagen de una ría que significa, para los que vivimos al lado del mar, algo más que un inmenso charco que sólo rebosa belleza. Es también un conglomerado de sentimientos que fusiona el respeto hacia el mar y el amor, pues gran parte de las familias de nuestra zona viven, directa o indirectamente, del mar. No olvidamos tampoco el odio que resurge a menudo en nuestros corazones cuando llega a nuestros oídos una trágica noticia relacionada con el mar, noticias a las que nos hemos ido amoldando con el paso del tiempo y que nos recuerdan que el poder del mar no debe subestimarse. Al final, todo este río de sensaciones, de sentimientos antitéticos, acaba desembocando en una idea global de admiración latente en nuestro pensamiento y que recoge todos los sentimientos que giran en torno al mar.

Tras media hora de descanso, aproximadamente, reanudamos  de nuevo nuestra ruta. El mar nos empuja por popa y el viaje se hace tranquilo y ameno. Navegamos cerca de dos horas, que transcurren entre conversaciones de muy diverso tipo y juegos con las olas que, en este caso, han hecho gran parte del trabajo que nos correspondía a nosotros. Paladas largas y suaves fueron suficientes para alcanzar la isla de Vionta sobre las dos de la tarde. Aunque sin resultarnos una ruta extremadamente dura, debido a las condiciones climatológicas, favorables en todo momento, en nuestros estómagos yacía un silencio atronador que nos indicaba que se acercaba la hora de comer. Así, pues, tal y como ya habíamos previsto, Vionta fue la gran elegida para la primera parada importante del día. Allí estaríamos hasta las cinco de la tarde.

Lo primero que me llamó la atención nada más llegar al pequeño islote de Vionta por su parte norte fue la transparencia de sus aguas. Daban ganas de hacer un esquimotaje y refrescarse, claro que algunos no sabemos hacer esas cosas y nos conformamos con llegar a la arena y bañarnos luego. Sólo una breve objeción, a título informativo, en lo que se refiere a esta isla y a sus pequeños habitantes (no me refiero sólo a gaviotas o cormoranes) sino a esos bichitos de ocho patas llamados arañas. Éstas se camuflan en la arena y su tamaño puede llegar a ser considerable. Sirva esto como advertencia para todas aquellas personas que deseen acercarse a este islote y tengan verdadera fobia a estos bichitos. Varias me he encontrado y me han obligado a tapar la bañera de mi kayak por si alguna osaba refugiarse debajo de mi asiento y formar allí su dulce hogar: no quisiera verme en la situación de que uno de estos animalitos me sube por la pierna en plena travesía en medio del mar. Igualmente, mis escarpines no han salido de mis pies otorgándome una tranquilidad relativa, aún sabiendo que las pobrecillas arañas estarán más asustadas al verme a mí que yo al verlas a ellas. En fin, paradojas de la vida.

La protección solar fue imprescindible ese día, pues el sol no se descuidó en darnos una temperatura elevadísima que parecía derretir el plástico de nuestros kayaks, y la comida, parte de la cual venía hecha de casa, casi salía directamente del horno. Los chapuzones fueron constantes a intervalos aproximadamente de diez-quince minutos, antes de la comida. Después de saborear nuestras tortillas y bocatas de carne en pan rallado, nos dimos un paseo por la isla: ¡Ojo con las gaviotas! Podría decirse que está prohibido acercarse a las crías. Normalmente no hacen nada, pero no creo que a nadie le gustase verse perseguido por miles de ellas. Desde el extremo sur del islote de Vionta, divisábamos clarísimamente la isla de Sálvora, ya la acariciábamos directamente con nuestros ojos. Así que, después del paseo, obligado en esta isla de paso, nos tumbamos en la arena, y a eso de las cinco de la tarde: ¡A SÁLVORA!

Nos pusimos de nuevo en marcha. Rumbo a esta isla visitamos otros islotes dignos de admirar, peñascos de piedra impresionantes, rodeados de agua cristalina, con zonas verdes donde poder acampar. La verdad es que el islote del Noro nos encantó a los dos, lo bordeamos varias veces e, incluso, se sugirió acampar allí; pero puesto que nuestro objetivo era Sálvora, decidimos llevarlo a cabo en toda regla.

Sobre las seis de la tarde, aproximadamente, pisamos la arena de una de las playas de la zona norte de Sálvora. La alegría se veía en nuestras caras: estábamos contentos, felices, de estar allí, de poder llevar a cabo algo que nos rondaba desde hacía un año, y lo habíamos logrado. En fin, somos nuevos en esto del piragüismo y estábamos verdaderamente ilusionados.

Tras un rato en aquella playa, decidimos bordear la isla en los kayaks, pero mi querido amigo Pepe tuvo que conformarse sólo con la zona norte de la misma, pues, a pesar de sus ansias yo preferí permanecer a sotavento, debido al oleaje del mar abierto y a mi inexperiencia como kayakista (era la primera vez que tanteaba el mar abierto) y  desistí de dar la vuelta completa, algo de lo que no me arrepentí. Ahí queda patente mi respeto hacia el mar. Pepe no insistió al comprobar mi inseguridad. Habíamos ido a disfrutar.

Pues bien, después de bordear parte de la isla, divisamos un pequeño arenal cobijado del viento por unas rocas que nos pareció muy apropiado para montar la tienda. Allí pasamos la noche. Estaba cerca del muelle de la isla y de la casa donde vive el vigilante de la misma, pues se trata de una isla privada. De hecho, nos estuvo vigilando desde que llegamos, y al ver que empezaba a anochecer y no nos marchábamos, nos vino a alertar de que aquello era privado y no podíamos acampar allí. A lo que respondimos que debido a la debilidad de nuestras fuerzas nos era imposible volver a partir y que allí nos íbamos a quedar le gustase o no. Al final no pasó nada, nos quedamos en la playa. Nos amenazó con llamar a la Guardia Civil si acampábamos en la zona verde; sólo se podía acampar en la playa. Bueno… él a lo suyo y nosotros a lo nuestro.

Tras montar la tienda y habernos enjuagado con agua dulce, vino la cena: encendimos el hornillo y calentamos la pasta que habíamos comprado. La verdad es que nos supo a gloria cenar sentados en la arena; la luna llena alumbraba toda la ría y las estrellas se veían con total claridad; en todo su esplendor, el firmamento asombraba los ojos de cualquiera que lo contemplara en aquel instante. Sin duda fue una de las noches más hermosas que he visto. Desde allí divisábamos casi todos los pueblos de las Rías Baixas: por un lado, el Grove, Arousa, Vilagarcía, Rianxo, etc.; por el otro, Aguiño, Castiñeiras, Riveira, etc. La verdad, eso fue lo mejor de la ruta, nuestros cuerpos estaban descansados, respirábamos sólo por la nariz y nuestro corazón latía muy despacio. Era la tranquilidad, el alivio, el olvido de la vida laboral, los estudios… No había nada, sólo paz, tranquilidad y un mar liso como un plato, sin una simple ola, sin ruido. Hasta las gaviotas se habían callado. Y allí estábamos nosotros, en la boca de la ría, dos buenos amigos aventureros que sabían que aquello no tenía precio, y que era así como mejor se disfrutaba: en piragua, a la intemperie, con forro polar, linterna frontal, saco de dormir y tienda de campaña.

Después de cenar, estuvimos varias horas fuera de la tienda, charlando de nuestra amistad, de aquel maravilloso paisaje, de nuestras pacientes novias, que se resisten a compartir estas aventuras con nosotros y nos aguantan todos los caprichos (“Alicia, luz de mis días”, I.Serrano) y de la jornada siguiente.

Pero el día había hecho mella de nosotros y el cansancio empezó a manifestarse en nuestros rostros: comenzaron los bostezos y pronto nos metimos dentro de la tienda que estaba en medio de nuestros kayaks y atada a éstos. Y así, inmersos en el silencio de la noche, nos dormimos.

Al día siguiente, aproximadamente sobre las siete y media de la mañana, mis ojos se abrieron y mis oídos volvían a contemplar el monótono ruido de unas gaviotas que, la verdad, nos habían dejado dormir, pero, con cada nuevo amanecer, volvían a sus quehaceres salvajes y naturales: ¡qué maravilla! También se escuchaba el sonido del mar latiendo con más fuerza que durante la noche. La sorpresa al abrir la tienda es que apenas podía verlo a pesar de estar a escasos metros de él, la niebla decidió aparecer ese día. Regresábamos a casa y pretendíamos salir relativamente temprano (sobre las diez y media, aproximadamente), pero, debido al espesor de la bruma, allí nos quedamos casi hasta la una de la tarde, cuando la niebla comenzó a levantarse ligeramente. A pesar de tener la brújula y cartas de la zona, debido a la inexperiencia que ambos teníamos en esta materia, decidimos no arriesgarnos, y, por qué no decirlo, tampoco teníamos excesiva prisa. Así que allí, pacientemente, esperamos. Desmontamos la tienda y recogimos todo, incluida la basura que habíamos generado, como no podía ser de otra manera. Cuando partimos, ya divisábamos desde nuestro lugar de acampada el Noro y Vionta, y rumbo a ésta nos dirigimos. Desde aquí, avanzamos directamente hacia una playa situada en la zona de Castiñeiras, perteneciente al municipio de Riveira, donde tuvimos el placer de saborear unos buenos sándwiches instantáneamente preparados y charlar con unos chicos de protección civil que allí estaban.

Ya sobre las cuatro de la tarde dejamos esta playa y nos dirigimos rumbo a la playa de Cabío y, de allí, nuevamente a Puebla, nuestro punto de partida. Esta ruta la hicimos toda de un tirón, sin forzar el ritmo pero manteniendo buenas paladas. La niebla aún no se había levantado del todo y de hecho los siguientes días estuvieron acompañados de chubascos y algo de viento. La marea estaba subiendo y, en las playas de las Calas, situadas entre Cabío y Puebla, pudimos contemplar cómo el agua cubría casi la totalidad de la arena, alcanzando, por poco, el bosque que hay detrás. Se notaba una subida de la marea considerable, pues había luna llena esos días, y ese paisaje, al que tan habituados estamos en nuestras salidas cotidianas, resultaba tanto o más hermoso que el de la noche anterior.

Y, por fin, llegamos a nuestro punto de partida, aproximadamente sobre las seis y media de la tarde. Allí, justo delante de la punta del puerto, Pepe y yo nos chocamos la mano, sabiendo que, a pesar de haber sido una ruta sencilla y corta, habíamos cumplido un sueño, o mejor dicho, la pequeña parcela de una larga ilusión que había empezado a dar el primer paso. Cada uno tiró para un lado, sumergido en sus pensamientos e intentando asimilar las diversas sensaciones que había causado este viaje, pero con la amistosa certeza de saber, eso sí, que ninguno de los dos dudaría en acompañar al otro si se embarcara de nuevo en una aventura como esta. Aprovecho, pues, para sincerarme y transmitirle desde aquí, al igual que hice en otras ocasiones, que sigue siendo un placer para mí compartir mi amistad con él, algo que ha cumplido este verano 13 años. ¡Cómo pasa el tiempo, amigo!

 

Andrés Parada Pereira